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TRABAJO PREMIADO EN LA XXIII EDICIÓN
TERCER PREMIO
UNA PLAZA ENVUELVE A PONTEVEDRA La Herrería marca el ritmo lento de la vida ciudadana
Hay plazas que son el corazón
gris y azul de una ciudad, no son monumentales ni petrificadas,
sino de una ductilidad vaga cuyo estilo parece que sólo
se haya podido sedimentar con el tiempo. La plaza de
la Herrería es la memoria histórica de
Pontevedra, su principal pliegue afectivo y tal vez
también el espacio que define su carácter
de ciudad confinada y algo somnolienta. Aquí
se proclamó la Constitución de Cádiz
y la Primera República. Y fue el primer lugar
en iluminarse cuando se estrenó en 1888 el alumbrado
eléctrico. Hoy, este espacio, más que
un centro neurálgico, es un ámbito en
el sentido ritual de círculo encantado: tras
las cristaleras del café Carabela, se ve a la
izquierda, oblicuamente, la iglesia de San Francisco,
con sus escalinatas y jardines dominando el conjunto
central de un cuadrilátero flanqueado por camelios.
De frente, por encima de los tejados, sobresalen las
torres barrocas de la capilla que cobija a la virgen
de la Peregrina, patrona de la ciudad.
Puede amanecer lloviendo y entonces
hay que refugiarse bajo la hilera de soportales que
cierran la plaza por el sur y por el oeste. La ciudad,
así recluída y encapuchada, parece de
carbón bajo el trazo inclinado de la lluvia y
el olor que despide el brasero de los vendedores de
castañas. Sin embargo, en las tardes de verano,
desde la terraza del mismo café, a última
hora, con luz amarilla y ya casi horizontal, la plaza
se convierte en el mejor lugar de encuentro, como esos
rincones tibios de las casas que parecen únicamente
pensados para la confidencia y el regreso. Pero tal
vez ésta sea una apreciación subjetiva,
porque ocurre que las ciudades en las que uno ha crecido
y que, por alguna razón, ha tenido que abandonar,
se convierten de algún modo en un espacio medio
soñado, más propicio a la invención
que a la verdad, donde la pesadez cotidiana no enclaustra
ni ahoga, como ahogaría acaso si se viviera en
ellas. Así son las capitales del deseo, no tienen
perspectivas sino encrucijadas, y están pobladas
de fantasmas y leyendas, como la del pirata Benito Soto
y el misterioso tesoro de la casa de las campanas o
la historia de aquel loro libertario y masón,
depositario de todos los secretos de la ciudad cuyos
ex-abruptos verbales hacían enrojecer hasta a
la mismísima doña Emilia Pardo Bazán.
El escritor Gonzalo Torrente Ballester llegó
a afirmar en La saga fuga de J.B. que la prodigiosa
memoria del loro Ravachol fue utilizada, en tiempos
azarosos, como archivo del manifiesto independentista
del cantón pontevedrés, denominado en
clave \223Castroforte de Baralla\224. Hoy, el loro se ha convertido
en el verdadero emblema de la villa y sus pompas fúnebres,
que se celebran todos los años como despedida
del carnaval, constituyen el acto público más
sentido y multitudinario de cuantos conmemoran los pontevedreses.
Es esta vieja querencia anarquista lo que salva a la
ciudad.
La lentitud de los cafés
Lo mejor de las calles que ya no nos
pertenecen radica en esa especie de condescendencia
tranquila que nos incita a caminarlas sin ningún
propósito especial, pasar por antiguos zaguanes,
descubrir la confortable lentitud de los cafés,
pararnos ante un escaparate de libros. Entrar, por ejemplo,
en la librería Michelena, una de las mejores
de Galicia, y deambular entre sus anaqueles: itinerarios
de palabras y de páginas\205 Ciudades así
cuentan también con sus laberintos impresos del
mismo modo que tienen una ruta gastronómica o
calles emboscadas que, de pronto, se abren para mostrarnos
una perspectiva sorprendente, como la visión
en fuga de la plaza de la Leña, con su crucero,
y el edificio del Museo, que une por medio de un arco
dos de los pazos más bellos del casco urbano.
Otras veces nos regalan una instantánea llena
de vida, como ocurre a menudo en la plaza de la Verdura,
que sigue siendo lugar de mercado durante la semana,
y rastro de libros y antigüedades, los domingos.
Subiendo por la calle Isabel II, se elevan al fondo
los ábsides de la basílica de Santa María,
levantada a los pies del cementerio judío por
el gremio de mareantes durante el apogeo pontevedrés
del siglo XVI, cuando la flota comercial llegaba a los
lejanos puertos del Mediterráneo y del Báltico.
Su fachada, \223el más bello sermón de piedra
del renacimiento gallego\224, se alzaba sobre la antigua
muralla como un faro de bienvenida a los hombres que
regresaban del mar. Todo el barrio antiguo está
sembrado de pazos medievales y placitas de piedra: la
de Curros Enríquez, la del Teucro, la plazoleta
de las Cinco Ruas, la de la Pedreira, la de Méndez
Núñez, dominada por un viejo palacio y
la sombra de un magnolio centenario. Pero, a diferencia
de otros cascos históricos, el de Pontevedra
no es un espacio rígido, sino habitado y vivido,
donde la monumentalidad no aplasta porque sobre las
sucesivas losas del tiempo predomina la intimidad cotidiana
e inmediata del presente: las voces de los niños
jugando, alguien que pasa feliz bajo los arcos tarareando
una copla, el calor sensual de una cama deshecha a través
de una ventana\205
Trolebuses azules
El plano íntimo de cualquier
ciudad es un álbum de imágenes creado
por el sedimento que los vagabundeos y la nostalgia
han ido depositando en nosotros. Para mí, este
poso mitológico de Pontevedra lo forman los trolebuses
eléctricos y azules que llevaban a las playas
de Marín, la explanada de la estación
vieja donde aprendí a ir en bicicleta, el olor
a herrumbre de los columpios en el jardín de
las palmeras, las ruedas de los patines contra las losas
de piedra en la cuesta de César Boente, la fachada
pétrea del instituto y el ventanal de mi clase
de COU, el último baile en el salón del
casino con las luces apagadas y los balcones abiertos
a la claridad de la madrugada, la luz verde que filtraba
el ramaje de los árboles de la alameda en abril
como a través de celosías gregorianas,
la sensación de embodegamiento fresco que aún
tienen los bares y las tabernas en todo el casco antiguo.
Impresiones, olores, fogonazos, cosas que no son propiamente
urbanísticas, pero que forman parte indisoluble
del aura de una ciudad.
Pero Pontevedra también tiene
sus plagas. Con el tiempo el aluvión fangoso
del río fue cegando el puerto y el mar, que en
tiempos había llenado con su respiración
los alvéolos de la capital, se retiró
de su orilla alejando para siempre la aventura de las
rutas oceánicas y un horizonte abierto al mundo.
Hoy en ese litoral arenoso se levanta una fábrica
de celulosa agresivamente implantada en plena ría:
un riñón industrial, sucio y contaminante,
que no merece.
Al final, la ciudad, encerrada en su
propio ensueño, circular, innavegable y difícil
de penetrar desde el exterior, es una sutil destilación
de arrogancia y decadencia, cuya fórmula secreta
guarda para sí misma. Algunas convocatorias,
como la Semana de Filosofía, la Bienal de Arte
o los cursos de la UIMP, han contribuido a darle cierto
aire extrovertido, pero sin llegar a quebrar del todo
su enclaustramiento. A la caída cenicienta del
crepúsculo, el contorno urbano empieza a apretarse
como un puño en torno a sus callejas, con apenas
una punta del manto centelleante de los arrabales que
se ilumina y se enrosca igual que una cola en el estuario
del Lérez antes de deslizarse hacia la boca de
la ría para fondear en el mar. Una ciudad varada.
Susana Fortes
Publicado en El País 14 de julio de 2001
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