|   |
TRABAJO PREMIADO EN LA XXIII EDICIÓN
SEGUNDO PREMIO
EL YO DE BOLSILLO
Desde los albores de la humanidad, el
hombre ha necesitado llevar algún objeto consigo.
Aparte de las ropas, el calzado, los pendientes, las
ajorcas o el sombrero, existe un artículo adicional
que se porta en la mano o en el bolsillo; que se cuelga
como un zurrón, una faltriquera o un llavero,
que se agrega al cuerpo como una porción significativa
del mundo exterior. A ese artículo lo representa
ahora, por excelencia, el móvil.
El móvil hace las veces de un
teléfono y una agenda pero es, por encima de
cada uno, el elemento que nos acompaña como un
pequeño animal. Hasta ahora se habían
podido personalizar los objetos estampándoles
un color, un aderezo, una forma o las iniciales. Con
el móvil se puede personalizar por fin algo tan
raro como la voz. El móvil repite para avisarnos
algo más que una melodía seleccionada,
ahora es posible hacer que nos hable en el timbre elegido
precisamente para él. La diferencia entre un
móvil y un ser vivo es que el móvil no
se mueve, pero el teléfono escucha, olisquea
al sujeto, nos alerta mediante vibraciones que denotan
su vitalidad interior.
El móvil es la culminación
menuda de una compañía a voluntad. No
presenta los fastidios enteros de un ser vivo y puede
resultar para su propietario tan inseparable como un
sentido suplementario. Gracias a él se discurre
en permanente interacción simbólica con
la red de conocidos y gentes por conocer. Actúa
con la misma potencialidad interpersonal que la presencia
física pero la reduce o la fracciona cuando se
quiere administrar discretamente la conexión.
Es, en apariencia, un teléfono, pero traspasa
sustantivamente las cualidades conocidas del teléfono
convencional. El teléfono de cable nos fija al
espacio. Sitúa al interlocutor en un lugar determinado,
lo confina inequívocamente cuando marcamos mientras
el teléfono móvil puede captar al sujeto
en cualquier punto y, como consecuencia, su puntería
conlleva una facultad mágica que siempre nos
asombra en la comunicación al revés. Ser
localizado teóricamente en cualquier parte, casi
sin limitaciones, provoca una sensación desconocida
hasta ahora por la humanidad. Pero, a la vez, desconectar
el móvil proporciona a su amo una impresión
de fuga o de desaparición extremas que sólo
habían procurado antes las grandes decisiones
de dejar el mundo.
El móvil es una homotecia del
universo personal jibarizado. Una miniaturización
de la voluntad de comunicación. Un depósito
donde se han reunido innumerables voces y emociones,
todas apiñadas en el corazón del artefacto.
La agenda más privada es menos a su lado. La
agenda puede guardar la intimidad, contener apuntes
de secretos, pero el móvil es en sí mismo
un apéndice neocarnal, un material estratégico
auténtico, un cofre en cuyo interior se guardan
huellas fehacientes de confesiones y estafas en directo.
Ya actualmente cuando un móvil se sustituye es
preciso desalojarlo antes de mensajes, temblores, miserias,
confidencias. Hay que hacer que arroje todo su interior
fuera de sí para convertirlo en un órgano
desinfectado y vacío.
Ahora que muchos individuos dejan de
fumar, el móvil recuerda la complicada función
existencial que desempeña el paquete de tabaco.
No es posible, siendo fumador, salir a la calle sin
la cajetilla; viajar, reunirse, enamorarse, mantener
contactos o negociar sin el paquete. Su falta nos colocaba
en la inquietante situación de evidenciarnos
desarmados, más débiles y solos. Pero
ocurre todo igual con el teléfono móvil.
Cuando el teléfono móvil no está,
una de dos: o dejado por olvido nos recuerda desde su
lejanía la enorme dependencia de su auxilio o
abandonado deliberadamente nos induce a constatarnos
como incompletos; seres empujados a ser extrañamente
otros. El teléfono fijo, según las ocasiones,
nos separa o nos acerca a los demás pero el teléfono
móvil, además , nos acerca o nos distancia
de nosotros mismos. ¿Un bolso? ¿Un peine?
¿Un espejito? ¿Una navaja? ¿Una
droga? ¿Una porción corporal? El móvil
es todas esas cosas y ninguna: la viva tecnología
de un complejo ego de bolsillo.
Vicente Verdú
Publicado en El País
3 de mayo de 2001
|